La carta que sí envié

domingo 21 de junio de 2009

Lima, 27 de mayo de 2009



Querido viejo:


Muchas gracias por todos tus buenos deseos y esas palabras tan conmovedoras.


Dices sentirte orgulloso de tener un hijo como yo. Me alegra saber que lo soy. Como te dije desde hace ya bastante tiempo, tú también eres mi orgullo por todas las cosas que has logrado a lo largo del tiempo (que no son pocas), para mí eres un ejemplo a seguir. Sé que, como toda persona, tienes tus Pro y tus contras, pero son más las virtudes que posees. Además, para llegar a ser lo que buenamente soy hoy en día, también tuve, tengo y tendré siempre un ejemplo a seguir, y como escribo líneas arriba, eres tú. Mejor padre –mejor familia- no me ha podido tocar. Es por eso que haré caso omiso a esa línea de tu correo donde escribes “no copies cosas mías”, porque de hacerlo, no sé si siga siendo la misma persona.


Nunca está de más decir que también te quiero mucho y te extraño más aún. Es fregado que vivamos separados, pero uno no puede tener todo lo que quiere. Al menos no por ahora.


De igual manera te deseo muchos éxitos y felicidad. Ahora comparto la felicidad que me está tocando vivir.


Todavía nos queda un largo camino por recorrer juntos, así que a seguir echándole ganas y a darle duro a todos los desafíos que se nos presenten en la vida.


Sigamos adelante.


Con cariño, respeto y admiración,


Tu hijo

Cartas que no enviaré (2)

viernes 16 de enero de 2009

Foto: Jota Erre

Lima, 16 de enero de 2009


Hermana mía:

Todavía recuerdo que fui el primero en saber que vendrías a este mundo. Mamá vino a contarme entusiasmada la noticia. Recuerdo las veces que dabas las pataditas en el vientre de mamá cada vez que ella te preguntaba si me querías. Y no era coincidencia, si mamá te preguntaba 15 veces, pues las 15 veces pateabas. Te esperé 10 largos años hasta que pude cargarte por primera vez. Eras tan pequeña y menudita que hasta miedo me daba tenerte en mis brazos. 

Todavía recuerdo los innumerables dibujos y cartas que siempre me hacías, sin importar que fuera una fecha especial. Y que con el paso de los años aun las guardo y cada vez que puedo las hojeo.

¿Cómo ha pasado el tiempo, no? Faltan pocos días para que cumplas 12 años. Eres toda una señorita. Estás cambiando. No sé si he sido para ti un buen hermano. Créeme que he puesto todo de mi parte y te he enseñado todo lo que en su momento me tocó aprender también. Y lo seguiré haciendo, porque tan fácil no te vas a librar de mí.

Y más te vale no traer a casa a ningún pretendiente, amigo, ni nada por el estilo; porque ahí sí no sé qué sería capaz de hacer (contra ti o contra él). Aunque a la larga tendré que aceptarlo tarde o temprano (espero que sea más tarde que temprano).

Hace poco me enteré que las personas que llamaban a casa y colgaban cuando el que contestaba el teléfono era yo, resultaron ser tus amigos y amigas que, por alguna razón que desconozco, me odian. ¿Será por mi voz grave? ¿O será por mis rasgos faciales que demuestran seriedad? No lo sé. Pero diles que soy buena gente; que no muerdo.

Te quiero mucho, hermana, no te imaginas cuanto. Y sé que no te lo imaginas porque no te demuestro -como quisieras- mi cariño.

Pero algo haré. Algo se me ocurrirá.

Cariños.

Tu hermano.


Cartas que no enviaré (1)

domingo 28 de diciembre de 2008

Foto: flick

Lima, 28 de diciembre de 2008
 
Queridísima e inolvidable Mariana:

No negaré que estas últimas semanas estuve pensando en ti.

Lo último que supe fue que te irías -junto a tu mami- a tomar unas merecidas vacaciones a no sé dónde y no sé por cuánto tiempo. Eso fue todo. Ha pasado mucho tiempo desde el último correo que te envié (y que tuviste la gentileza de responder) y mucho más desde la última vez que te vi.
No sé si seguirás disfrutando de tus vacaciones o si ya regresaste a esta ciudad que fue testigo de nuestra tórrida relación. Pero de lo que sí estoy seguro es que me encantaría saberlo.

Por estas fechas de fiestas navideñas donde la melancolía abarca mi ser de una manera imprevista, me hizo recordar lo que me tocó -nos tocó- pasar hace ya más de un año.
No seré indiscreto. Pero solo diré que lo ocurrido en los meses que duró nuestra relación fue más que maravilloso, sabiendo que esa palabra no le hace justicia a lo vivido. Y lo vivido nadie me lo quita. No tuvimos que planear nada, todo lo que hicimos fue, de alguna manera, improvisado (en el buen sentido de la palabra), al natural, lindo. 

Pero claro, nada es perfecto. Por motivos que tampoco revelaré nuestra relación tuvo que tomar un camino distinto. El cual ninguno de los dos queríamos que tomara, pero que, en el fondo, sabíamos que era necesario. 

Y es desde entonces que nuestros aleatorios y aún improvisados encuentros siguen vigentes. Con ciertos cambios, claro está. Por ejemplo: las frases pícaras con doble sentido que antes era normal decirlas en nuestras conversas, ahora brillan por su ausencia. Confesaré que algunas veces me animo a soltar una que otra de esas frases, y tú las evades con astucia.

Ay Mariana, mi querida Mariana, no sé cuándo te volveré a ver; cuándo tendremos la oportunidad de volver a conversar largo y tendido, porque si hay algo que disfruto mucho es conversar contigo y que me hagas reír con tus ocurrencias. Y mientras conversemos mirémonos fijamente a los ojos como si nunca hubiese pasado nada: que -en nuestro caso- es la mejor manera de saber que sigue pasando todo.

Te quiero, pese a la distancia.

No lo sé

lunes 22 de septiembre de 2008

Foto: . Melian.

Tengo dieciocho años. Estudio en la universidad, la misma carrera que siguió mi padre. Mi padre quiere dejarme los negocios familiares. Salgo a una fiesta de fin de ciclo. Me presentan a Elizabeth. Es argentina. Es linda. Empiezo a salir con ella. Me gusta y yo le gusto. Nos enamoramos. Al menos eso creo. No sé por qué no me atrevo a decirle que quiero ser su enamorado. No sé por qué ella no se atreve a decirme que espera mi declaración. Yo sé que Elizabeth quiere estar conmigo. Elizabeth sabe que quiero estar con ella. Quizás no lo hago por cobardía. Quizás sea temor. El temor al rechazo y perder a Elizabeth. Quizás Elizabeth no quiere decir nada por el mismo motivo. O quizás oculta algo.

Seguimos saliendo. Seguimos besándonos. Seguimos amándonos.

Tengo diecinueve años. Elizabeth también los tiene. Llevamos saliendo buen tiempo. Aun no me atrevo. Ella tampoco.

Almorzamos en mi casa. Mi madre sale con mi hermano menor. Lo lleva a sus clases de música. Elizabeth y yo nos quedamos solos. Vamos a mi cuarto. Nos echamos en mi cama. Hablamos, tan solo hablamos. Nos miramos. Me atrevo a decirle que quiero ser su enamorado. Le pregunto si quiere ser mi enamorada. No dice nada, siente un impulso y me besa. Me toca. Ahora yo siento el mismo impulso. La beso. La toco. Nos tocamos en lugares donde no nos atrevimos hacerlo antes. Ella esta sobre mi. Ahora yo sobre ella. Nos amamos. Timbra el teléfono. No contesto. Vuelve a timbrar. Sigo sin contestar. Una vez más timbra. Elizabeth dice que conteste. Puede ser mi madre. Puede sospechar. Contesto. Es mi padre. Me pregunta por qué no contesto el teléfono. No sé que contestarle. No me atrevo a decirle que estoy con Elizabeth en mi cuarto. Estaba en el baño, respondo. Mi padre solo llama para saber como estamos. Todo bien, sin novedades, digo. Cuelgo el teléfono. Mi madre llega a mi casa. Elizabeth ya no está en mi cuarto, está en la sala. Me doy cuenta que mi camisa esta desabotonada. Trato de abotonarla antes que mi madre se de cuenta. Me doy cuenta que mi camisa esta sin los botones que suele tener. Regreso a mi cuarto. Veo mi cama. Recuerdo lo que hice con Elizabeth. Nos amamos. Veo los botones regados sobre la cama que fueron arrancados por el impulso de Elizabeth. Los escondo. Recojo la chaqueta de Elizabeth que fue arrancada por mi impulso.

Voy a la sala. La veo a Elizabeth con cara de preocupación. Le pregunto como está, que le sucede. Me dice que todo está bien, normal. No le creo. Me dice que tiene que irse. La acompaño. Llegamos a su casa. Le pregunto nuevamente si se siente bien. No dice nada. Me mira, sonríe. Me gusta su sonrisa. Dice que me ama. No se que decirle, también sonrío. La beso. Me despido. Me voy con la alegría de saber que alguien me ama.  

No he vuelto a ver a Elizabeth. No se nada de ella. La llamo por teléfono y no contesta. Voy a su casa y no sale nadie.

Tengo veinte años. Sigo sin saber nada de Elizabeth. Estoy a punto de terminar mi carrera. Mi padre ya me dio para administrar uno de los negocios. Tengo dinero. Tengo todo lo que el dinero puede darme. Todo menos a Elizabeth. No sé por qué se fue sin decirme nada.

Sigue pasando el tiempo. Ahora con mis veinticuatro años. Recibo un mail de Elizabeth. Me entero que se fue a vivir a Argentina, que se casó con un actor de teatro y que tuvieron un hijo. Me escribe para disculparse por irse sin avisar. Me envía una invitación al bautizo de su hijo. No respondo el mail. Preparo mi maleta y tomo el primer vuelo a Buenos Aires.

Llego el mismo día de la ceremonia. Voy a la capilla y veo a Elizabeth junto a su esposo y su hijo. Ella me ve, me saluda. Viene corriendo hacia mí. Me abraza. Me besa. Me dice que no puede creer que haya viajado para el bautizo de su hijo. Me dice también que la disculpe, que no hizo bien en regresarse a Argentina sin dejarme alguna explicación o si quiera despedirse. Me dice que si lo hacía, hubiese sido más doloroso para ambos. Quizás tenga razón. Le digo que no se preocupe, que todo está bien, que me siento feliz por ella. Me presenta a su esposo, el actor. Mucho gusto, eres afortunado de tener a Elizabeth como esposa, le digo.

Elizabeth se acerca con su hijo en brazos. ¡Míralo es hermoso!, me dice. Yo le respondo, tan hermoso como la madre. Elizabeth me mira fijamente a los ojos. Recuerdo esa mirada. Es la misma mirada de aquel día en mi cuarto. Sonreímos. Sigue gustándome su sonrisa.

Se acerca el fotógrafo y me pide una foto con la familia. Acepto. Elizabeth me entrega al niño y llama a su esposo. Tengo en brazos al niño. Lo veo y se forma un nudo en mi garganta. Lo veo y es como si viera una foto mía de niño.

Estoy en el avión de regreso a Lima. Contemplo la fotografía. Me inquieta el presentimiento que tengo, si el niño que tengo en brazos, es mi hijo.

 

Usted Señora.

domingo 17 de agosto de 2008

Foto: kenyai
Señora:

¿Por qué siempre grita?, ¿Por qué no pide las cosas de una manera tranquila?, ¿Por qué siempre soy yo el culpable de todo lo que sucede en casa?, ¿Qué tiene contra mí?, ¿Qué le he hecho?, ¿Por qué, Señora, friega tanto?, ¿Por qué me tiene tanta cólera?, ¿Por qué?
¿Soy culpable de sus desdichas?, ¿Acaso soy culpable del fracaso de su matrimonio?, ¿Acaso soy culpable que el Señor le pida el divorcio?, ¿Será acaso que, como ve que ya no soy víctima de sus manipulaciones, es por eso que me tiene cólera?, ¿Será por eso que friega tanto?
Sí, leyó bien, manipulaciones. ¿Cómo?, ¿No sabe de qué estoy hablando?, no se haga. Bueno, no se preocupe, señora, refrescaré su memoria.
Cuando hablo de manipularme, hablo de las veces que me utilizó como medio para que el Señor regresara a casa y que se olvidara del divorcio. Hablo de las veces que tenía que aprender de memoria, aquellos papeles en los que usted escribía cosas que nunca pensé decir. Amenazado estuve, sí, por usted Señora, ¿ahora si recuerda?, ¿no, todavía no?, ¿No recuerda que siempre me amenazaba si es que yo no quería decir las cosas escritas en ese papel?
-Me mato y mato a la niña.- me decía. ¿Ahora sí recuerda, Señora?
No crea que me he olvidado de aquella noche en la cual usted discutiendo con el Señor, en la madrugada, decidió tomarse no sé cuantas pastillas juntas, delante mío..
¿Qué lindo, no?, vaya pubertad y adolescencia que me tocó vivir. Se lo agradezco, Señora.
Señora, una pregunta: ¿Usted me friega tanto por lo que le dije aquel día, a pocos días de regresar del extranjero, cuando le dije que si yo decidí regresarme con usted, no fue por usted, Señora, sino que fue por la niña?, ¿Fue eso lo que tanto le dolió y hace que siempre, de alguna manera, me friegue? Discúlpeme pero esa es la verdad, Señora. No quiero que la niña también pase por lo que me tocó pasar. No.
Señora, ¿por qué siempre busca la sin razón de las cosas y me culpa de ello?, ¿Por qué soy yo siempre el maldito culpable de todo lo que pasa en casa?, ¿Por qué cada vez que pasa algo malo en casa, la primera palabra que sale de su boca es mi nombre?
¿Es usted rencorosa? No debería. Eso es malo.
El hecho que ya no esté a su favor en todas las cosas que haga y diga, no significa que esté a favor del Señor. ¿Es por eso verdad? Es por eso que me tiene tanta cólera. ¿Acaso ve en mi cara, la cara del Señor? Claro, siempre me lo dice.
Señora, le recuerdo que el Señor no es una mala persona, no nos abandonó como usted piensa y como trata de que nosotros, sus hijos, veamos las cosas. No lo niegue. Usted trata de ponernos en contra del Señor, pero no podrá. No podrá. Tenemos muy claro quién es el Señor, él que pese a que vive en el extranjero, siempre viene a vernos. Usted, Señora, dice que el Señor trata de comprar nuestro cariño. Porque nos da comodidades y nos compra regalos. ¿Ve, Señora, ve cómo trata de ponernos en contra del Señor? Yo creo que son celos. Celos de que usted ya no reciba el cariño que él nos sigue dando a nosotros, sus hijos. Okay, su matrimonio no funcionó, que pena, pero, ¿sabe qué?, la vida continúa. No siga viviendo en esa burbuja, en ese mundo el cual no le permite seguir avanzando.
Señora, usted es joven, ¿Por qué no trabaja?, ¿Por qué no demuestra que no depende de nadie? Un tiempo lo estuvo haciendo y me sentí bien y orgulloso de saber de que usted estaba trabajando. ¿Qué pasó?, ¿Se le fueron las ganas? Duró poco.
¿Será acaso porque no necesita trabajar? Recordemos que usted recibe una mensualidad del Señor que vive en el extranjero -sí, ese Señor que usted tanto quiere- y también cuenta con un nuevo compromiso el cual también apoya con la economía del hogar. ¿Será por eso?
Y ya que tocamos el tema de los actuales compromisos, le pregunto:
¿Por qué dejó de hablarme cuando se enteró que el Señor tenía un nuevo compromiso?, ¿Qué culpa tengo yo en todo esto?, ¿Acaso yo los presenté?
Y una pregunta más:
¿Por qué dejó de hablarme -nuevamente- cuando supo que el Señor estaba viviendo bajo un mismo techo con su actual compromiso?, ¿Acaso soy el culpable de que el Señor tomara esa decisión?
¿Por qué dejó de hablarme -una vez más- cuando regresé del extranjero y supo que había dormido bajo el mismo techo con el actual compromiso del Señor?, ¿Qué quería que hiciera, que me vaya a dormir a un hotel?, ¿Por qué le molestó tanto y sobretodo por qué se enojó conmigo?
Señora, recuerde que nosotros, sus hijos, estamos viviendo desde hace varios años con su actual compromiso. Entonces no me parece justo que, por haber estado una semana viviendo con el Señor y su actual compromiso, usted haya dejado de hablarme.
-Eres un alcahuete, siempre estás a favor del Señor, seguramente le ocultas cosas que hace.- siempre me dice. Y no, Señora, no estoy a favor de nadie. Pese al comportamiento que tiene hacia mi persona, déjeme decirle que no estoy a favor ni en contra de nadie. Así que trate de sacar esa idea de su cabeza.
Usted me ha herido, Señora, y mucho. No crea que olvidé las veces que me ha dicho que soy un "hijo de mierda" y que soy una "carga" para usted.
¿De qué carga habla, Señora? Si el que nos mantiene y el que nos da de comer es el Señor. Ese Señor del que usted trata de ponernos en contra. Es él quien debería decir que nosotros, sus hijos, somos una carga para él. Pero yo sé que él no piensa de esa manera. Él no nos ve como unas cargas en su vida. Lamentablemente usted sí. Y lo ha dicho en varias ocasiones.
¿Qué mierda soy, verdad? Soy una mierda y de las peores. Disculpe Señora. Pero ésta mierda que usted tiene como hijo, muchas de sus amigas quisieran tenerlo.
¿Por qué? Porque ésta mierda, no tiene vicios, no es una persona de mal vivir, no la ha hecho abuela tan joven; ésta mierda a sus 21 años ya terminó la carrera, ¿okay?
¿Qué mierda de hijo soy, no?, que mala suerte ha tenido, Señora, de haber parido a un hijo tan mierda como lo soy yo para usted. Que pena.
Señora, ¿por qué miente?, ¿por qué exagera las cosas?, ¿por qué inventa?, ¿por qué ve cosas donde no las hay?
Cada vez que llama el Señor del extranjero, usted de mí -en la mayoría de los casos- solo da quejas.
¿Qué está tratando?, ¿Que el Señor esté en mi contra?
Señora, ¿por qué es mala conmigo?
¿Qué le he hecho?
La quiero, no lo voy a negar. Después de todo usted me parió.

Hay roches en la vida tan rochosos, yo no sé...

martes 12 de agosto de 2008

Foto: enlituania


He pasado por varios roches en mi vida. Podría decir que mi vida está llena de ellos.

Tan solo al nacer, entre llanto y emociones, termine orinando al doctor que tuvo la gentileza de recibirme cuando llegué al mundo. Una vez en la sala donde colocan a todos los bebes, estaba yo. Vestido con un traje de mujercita, rosadito. Miren esa bebé, que linda; no, mira bien, es hombrecito, ay pero como lo van a vestir así. La expectativa en mi familia era que Susana, mi madre, tuviera una hija. Salgo de la clínica. En mi casa me esperaba mi cuarto rosado. No les quedo otra más que decir, es porque eres del Boys.

Mi primer día en el nido estaba emocionado. La idea de conocer nuevos compañeros para jugar me alegró. Las ideas que mi madre y mi padre me decían hacia que al nido lo vieran como el mejor lugar del mundo. Me sentía más entusiasmado. Lo que no me contaron es que mi madre tenía que dejarme ahí y tenía que regresar a la casa para hacer los quehaceres del hogar. Me enteré de ello en la puerta del que sería mi salón. Lloré y lloré, no quería que mi madre me dejara ahí con la profesora-cara-de-quaker, sí que era fea esa mujer. Los alumnos aprendían las lecciones de miedo a verla. Yo seguía llorando. Mientras mis compañeritos y compañeritas me miraban. Algunos riéndose. Otros gritando, ¡llorón!

Mi primera actuación en el nido. Por el día de la madre. Todos mis compañeritos y yo tuvimos que pararnos en fila y recitar un poema. Estuvimos ensayando por varias semanas para que todo saliera bonito. Pero claro, siempre hay alguien que no recuerda las pautas que mencionaba la profesora-cara-de-quaker. Ese era yo. Cuando todos debían callar, yo no callé. Seguí recitando el poema solo, con mi voz aguda como un pito y con uno que otro gallo. Cuando me di cuenta ya era tarde. Mis compañeritos se estaban burlando de mí, y las madres que estaban de espectadoras, también.

En el colegio, en primer grado, a la edad en la cual uno tiene los dientes de leche. En una prueba oral de inglés, delante de todos mis compañeros de aula, no pude controlar el incisivo que estaba muy suelto. A mitad de la prueba, siento y veo que mi diente sale disparado de mi boca, con dirección hacia la lista de asistencia de la profesora. Está demás contarles que todo diente de leche siempre sale con un poco de sangre que, para mala suerte de la profesora, no fue a parar a la lista de asistencia, si no a las pantis color carne que usaba. Felizmente que ese detalle no interfirió en mi nota.

Al poco tiempo del altercado del diente de leche, la profesora de lenguaje, mas conocida como cara-de-poto (es que tienen que ver su cara, es un poto que habla) un día se le dio por no dar permiso para ir al baño. A nadie. Y para mi mala suerte, ese día tenía unas ganas mayores a la de otros días de ir al baño. No podía aguantar. Y con toda la serenidad que tenia hasta ese momento, levanto mi mano y digo miss, ¿puedo ir al baño por favor? La cara-de-poto volteó, me miró como si le hubiese mentado la madre y mirándome fijamente a los ojos me dijo ¿no entiendes que nadie sale al baño? Yo, ya no podía aguantar más. Mi vejiga estaba al tope. Y de pronto sentí un calorcito que recorría mis piernas. Al poco rato había un charco de tamaño considerado alrededor de mi asiento. No faltó uno de mis compañeros que me pasó la voz y me dijo oye, mira tu lonchera, se está derramando. Y yo ya déjala ahí no mas, después la limpio. Otro compañero vió lo mismo, pero éste era el jodido de la clase y no tuvo mejor idea que acercarse y oler el charco que estaba a mí alrededor. Al poco rato todos me gritaban, ¡meón!

Mi padre regreso de su viaje a Japón. Estaba toda la familia en mi casa. Yo estaba jugando fútbol con mis primos y amigos. Llamé a mi padre y le dije papá, ven a ver como juego, y el a ver hijito muéstrame cuanto has aprendido. Empecé a jugar. Me pasa el balón. Quise hacer la jugada que mejor me salía. Me tropiezo con la pelota. Caigo como un estropajo. Todos se ríen. Mi padre también.

Mi primer viaje al extranjero lo hice solo. Por ser menor de edad tuve que estar acompañado durante todo el viaje por una aeromoza personal. En pleno vuelo me sentí muy mal. Estaba mareado. La aeromoza estaba durmiendo en el asiento de al lado. Quise pasarle la voz, decirle lo mal que me sentía, pero más profundo era su sueño. No aguante más. Terminé vomitando sobre la aeromoza.

Me voy a vivir al extranjero. Es mi primer día de clases en mi nuevo colegio. El coordinador pide que me pare en frente de todo el salón y me presente. Lo hago. Una vez delante escucho las risas de todos hacia mí. Me doy cuenta que todos están mirándome ahí abajo. Cuando miro, me doy cuenta que tengo la bragueta del pantalón abierta.

Fui a mi primera fiesta nocturna, con mis nuevos amigos, de mi nuevo colegio. Apenas y pasaba los once años. Estaba feliz, bailando, disfrutando el momento. De pronto, cuando la fiesta estaba en su máximo apogeo, bajaron el volumen de la música. El padre de la cumpleañera agarró el micrófono y dijo su atención por favor, a Manolito, ¿manolito donde estas?, tus papis te están esperando afuera, repito, tus papis te están esperando afuera. En ese momento, en medio de risas y carcajadas, solo pensé, gracias mamá, gracias papá.


Estaba en la clase de química. Recuerdo que la profesora emanaba un fuerte olor de sus sobacos. Tenía la urgencia de ir al baño. No pedí permiso. Tan solo salí corriendo del aula. Llego al baño. Entro a una gaveta. Cuando termino y salgo me doy cuenta que no están los urinarios que siempre hay en los baños de hombres. En ese momento entraba un grupo de chicas. Me vieron. Me di cuenta que por error entre al baño de mujeres. Comenzaron a gritarme, ¡mañoso, cochino!

Un día estaba conversando con mis amigos sobre que chica nos gustaba del aula. En ese momento todos hablaban. Había mucho ruido. Podíamos hablar sin el temor que nos oyeran. De pronto entra el profesor de matemática (tenia fama de ser uno de los profesores más jodidos del colegio) y yo, como estaba sentado a espaldas de la puerta, no me percaté de la llegada del profesor. Y justo cuando estaba a punto de decir el nombre de la chica que me gustaba, todos callaron. Y yo me gusta Luciana. Las chicas me miraron y los chicos miraron a Luciana. Ella solo atino a decir, pues tú no me gustas, ¿OK? Al poco rato, todos, incluido el profesor, empezaron a reír.

Ese mismo día, en la noche, voy a alquilar videos con mi padre. Mientras elegía los videos que quería llevar, mi padre viene por detrás y en joda me baja el pantalón delante de la chica que atendía al público. Para sorpresa de ambos, no llevaba ropa interior.

Pasan los años. Regreso a Lima a vivir. Estoy en el último año de colegio, a punto de graduarme. Se acercaba el viaje y la fiesta de promoción. Nos fuimos a Cuzco. Luego de un agitado día lleno de tours, en la noche, nos fuimos a una discoteca de la ciudad. En medio de toda la diversión, el kapchi que comí me cayó mal. Tuve que ir al baño con suma urgencia. El baño de hombres estaba ocupado. No aguantaba más. Fui al de mujeres. Que alivio. De pronto las tres chicas más populares-y-lindas de la promoción entran al baño sin avisar. Me encuentran sentado en el inodoro. No se que clase de sonrisa es la más apropiada para esa circunstancia.

La fiesta de promoción. Día perfecto para que todos estén al tanto de las parejas que irán, de la ropa que usan, todo se presta para el raje. La chica con la que iba a ir, por algún motivo, dos días antes de la fiesta me cancela. Ya no quiero ir contigo, me dijo, y yo pero ¿por qué?, y ella disculpa, no puedo. El día de la fiesta llegué al Centro de Convenciones del Maria Angola. Estaba repleto. Quise entrar. El encargado me dijo ¿y tu pareja?, y yo no tengo, y el encargado ¿Cómo que no tienes pareja?, y yo no tengo pues, que hay de malo, y el encargado riéndose me dijo espérate que pasen primero los que tienen, después entras tú. Una vez que todos ingresaron me tocó a mí. Luego, al final del túnel por el que tuve que pasar, me esperaban las cámaras, los flashes y las miradas atentas de toda la promoción para ver con quien había ido. No se que clase de sonrisa es la mas apropiada para esa circunstancia. Más aun al ver, a la que se suponía que iba a ser mi pareja de baile, besándose con su ex enamorado.

Estoy en un café del centro de Lima, con mi queridísima amiga Vicky. Pedimos dos capuchinos helados y dos pies de limón. Ambas cosas nos gustan mucho. Y otras cosas también. Conversamos y la pasamos bien. Estaba nervioso. Cuando quise servirme más capuchino, torpemente derramé todo sobre la mesa. No supe que decir. Entre risas nerviosas, Vicky dijo, ¡que divertido!

A media luz

jueves 17 de julio de 2008

Foto: Black Conception


Matías, un joven fotógrafo que trabaja en un diario limeño, siempre va todos los sábados por mañana a tomar fotografías al parque Kennedy de Miraflores. Prefiere fotografiar a las personas que concurren a los cafés y restaurantes de la zona. Disfruta mucho observarlas, ver como actúan, muchas de ellas aparentando lo que no son.

Como todos los sábados, siempre empieza por sentarse frente al Haití. Lugar que el odia por lo caro que es y por la clase de personas con las que suele encontrarse. Sus compañeros del colegio. Nunca se llevó bien con ellos. Y es que siempre es difícil para un becado en un colegio como el San Silvestre, llevarse bien con sus compañeros, sabiendo estos, que el becado viene de una situación muy distinta a la de ellos. Y pese a que Matías con el paso de los años logró tener igual o más dinero que sus compañeros, nunca se sintió como uno de ellos.

Eran como las nueve de la mañana de un caluroso sábado. El vestía unos shorts, sandalias y un polo manga cero. Traía con el una morral de cuero que ganó en un concurso de fotografía en Colombia, en ella cargaba su mayor tesoro, su cámara fotográfica.

Y empezó a fotografiar a quien creía conveniente hacerlo. Transeúntes, personas haciendo ejercicios y utilizando en parque Kennedy como gimnasio, algunas personas resaqueadas por la mala noche, las viejas pitucas que toman su desayuno en el Haití, los hombres de negocios que van con su laptop a la “wi-fi-zone” del Starbucks, etc.

De pronto, quedo congelado tras enfocar con la lente de su cámara a una joven mujer que estaba leyendo a fueras de un café. Se impresionó por la mirada tan hermosa que tenía, pese a que tenía la mirada enfocada en el libro. Trato de tomarle fotografías, pero no encontraba el ángulo adecuado, además, los transeúntes de la zona interferían al tomar la foto, así que, sin dudarlo busco otra buena ubicación para poder fotografiar a la chica que, a partir de ese momento, robaría por completo su atención.

Encontró el lugar perfecto, muy cerca de donde se encontraba ella, quien por segundos volteó hacia Matías y el, nerviosísimo, casi descubierto, hizo el ademán de estar tomando un vaso de refresco que a simple vista se encontraba vacío. Esperó unos minutos, y cuando creyó que podía enfocarla nuevamente, se dio con la sorpresa que ya no estaba en la mesa. Ahora en su lugar, estaba una vieja señora refunfuñando por lo frío que le sirvió el café.

Desilusionado Matías, guardó su cámara, cogió su morral y regresó a una de las bancas del parque Kennedy. Prendió un cigarro y escucho una voz que dijo:
__ Hola.
Matías volteó y vio a la chica que hacía minutos estaba tratando de tomarle una fotografía. Completamente helado y con una cara de reverendo idiota, Matías no supo que decir. Tan solo respondió tartamudeando.
__ Hola. ¿Cómo estas?
__ Yo estoy bien, pero parece que tu no__ respondió sonriendo.
__ No, nada que ver, te parece, estoy bien__ responde Matías con algo de confianza.
__ ¿Y por qué te tiembla la mano entonces?
__ No, te parece.__ responde Matías sin más que decir.
__ Bueno, por si te interesa, me llamo Carla.
__ Matías, mucho gusto.__ Y claro que me interesa tu nombre, pensó.
__ Te gusta fotografiar, ¿no?__ pregunta Carla, mientras se sienta al lado de Matías.
__ Bueno si, me gusta bastante la fotografía.__ responde Matías ahora más tranquilo.
__ ¿Y qué te gusta fotografiar o a quién?
__ Bueno, fotografío varias cosas, por ejemplo, me causa gracia y disfruto fotografiar a las viejas pitucas que vienen todas las mañanas a tomar desayuno.
__ ¿Me estás diciendo que soy una vieja pituca?__ pregunta Carla con cierta burla.
__ No, claro que no, ¿por qué dices eso?__ responde Matías nervioso.
__ Porque vi como intentaste fotografiarme. Desde hace un tiempo siempre te veo todas las mañanas de los sábados en la misma banca de este parque, fotografiando a quien te plazca. Y tengo que admitir que me pareciste una persona muy interesante, pero cada vez que quería acercarme a ti, cogías tu morral y te ibas. Y mira tú, ahora te tengo frente a mí y tú estas más nervioso que yo. Ah, eso sí, no te será tan fácil fotografiarme.__ respondió Carla mostrando su dulce y coqueta sonrisa.
Matías no supo que decir ante lo que acababa de escuchar. Sonrió y dijo, __ okay, me atrapaste.

Y desde ese momento se formaría una linda relación, ambos se gustaban mucho y todos los sábados se reunían en la misma banca, él para fotografiar, mientras ella tomando su café señalaba quien era buen candidato para fotografiar. Luego Matías iba a su apartamento y en su estudio revelaba las fotos que había tomado ese día. Para que la próxima cita Carla eligiera una de las fotos que Matías le regalaría.

El tiempo iba pasando y efectivamente Matías no podía fotografiar a Carla. Era un hueso duro de roer. Y por más que Matías intentaba, ella al final salía ganando. Tiempo después ambos confesaron lo evidente, se gustaban, se atraían, se querían. Y decidieron ser enamorados. Eso si, los sábados en la mañana ambos seguían yendo al parque Kennedy a fotografiar. Algunas veces, Carla tomaba la cámara e intentaba fotografiar, pero definitivamente lo suyo era la literatura.

Un día, se quedaron hasta altas horas de la noche en el parque conversando. Matías tenía el rollo de película casi lleno de fotografías que estuvo tomando durante el día, aún quedaba para una fotografía más. En ninguna aparecía Carla.
__ Vamos a mi apartamento, ¿quieres que te enseñe a revelar las fotografías?__ pregunta Matías.
__ Me encantaría__ responde con mucha alegría Carla.
Era la primera vez que Carla iría al apartamento de Matías, así que la alegría era aún mayor.
Una vez llegaron, las ganas y el deseo pudieron más que revelar las fotografías. Empezaron a besarse, cada vez más apasionadamente y Matías, quien cuidaba mucho su cámara, en ese momento tiro la morral con la cámara dentro porque en ese momento solo era él con su amada.

Se quitaron la ropa, ahora ambos desnudos en la habitación de Matías. De pronto, Carla lo mira fijamente a los ojos y le dice:
__ Tómame una foto. Esta es tu oportunidad para fotografiarme. Se que quieres hacerlo desde hace mucho tiempo. Así que esta es tu oportunidad. Toma la mejor foto que hayas tomado en tu vida.
Matías sin pensarlo dos veces, regresa al living, recoge su cámara que tiró por ahí, regreso al cuarto y su mente se nubló. Todas técnicas de fotografías, sus capacitaciones, su experiencia, todo se había ido. Estaba en cero. Estaba nervioso. Estaba desnudo tan solo con su cámara en mano, y frente a el, la mujer que amaba.

El cuarto que estaba a media luz se ilumino por un segundo con el potente flash de la cámara. El corazón de ambos latía a mil.
Matías frente a ella, solo dijo.
__ ¿Quieres que la revele ahora?
Carla se acercó a Matías, beso sus labios y susurrando al oído dijo.
__ Mejor hazme el amor.
Y como una de las virtudes de Matías era la obediencia, pues, tuvo que hacer caso a las exigencias de Carla. Y pasarían la mejor de las noches, juntos.

Antes de que amaneciera, Carla, aun desnuda, salio de la habitación de Matías. El apartamento estaba a oscuras y era complicado poder encontrar el baño. Carla por error ingresa al estudio donde Matías revelaba sus fotografías y sin darse cuenta, golpea un estante con su hombro izquierdo y hace tambalear un frasco que se encontraba en lo alto de ese estante. Un segundo golpe propinado por Carla nuevamente hizo que el frasco terminara de caerse y así todo el líquido que tenia dentro cayera sobre el rostro de Carla.

Un fuerte grito de ella hizo que Matías corriera en su auxilio. Ya era muy tarde, el poderoso químico estaba quemando los ojos a Carla. Esos ojos de los cuales Matías se había enamorado. Y la mirada tan hermosa que Carla ofrecía con ellos.
Matías se vistió, y ayudo a vestir a Carla. Se fueron con destino a una clínica de emergencia.

Matías estaba en la sala de espera, tratando de calmarse. Hasta que el doctor sale de la habitación de Carla.
__ Dígame Doctor, ¿Como esta ella? __ pregunto Matías con temor.
__ Lo siento amigo, tienes que ser fuerte, pero el químico que se derramo sobre su rostro es demasiado fuerte para sus ojos, y lamentablemente perderá la vista si es que no se consigue un voluntario para el transplante cuanto antes.

Pasaron los meses, muchos meses para que Carla pasara por todo el proceso de rehabilitación.
En ese lapso de tiempo Matías brillo por su ausencia.
Tampoco nunca supo, quien había sido el voluntario para el transplante a la que fue sometida. El doctor siempre decía que por política de la clínica estaba prohibido decir quien era.
Un sábado por la mañana Carla va al parque Kennedy, a la misma banca donde conoció a Matías.
__ Me abandono, el muy cobarde al ver que quedaría ciega, me abandono. __ se lamentaba mientras cerraba los ojos y lloraba.
De pronto escucho una voz muy familiar.
__ No llores, Carla__ dijo Matías.
Carla volteo a mirarlo y no lo podía creer. Ahí a su lado estaba Matías, su Matías, el hombre que ella tanto amaba. Al verlo ahí quería abrazarlo, besarlo, decirle cuanto lo amaba. Pero no, tenía que reclamarle por su ausencia, por no estar con ella en los momentos más difíciles. Por que se tuvo que ir y dejarla abandonada a su suerte. Y así lo hizo, se paró frente a el y gritando le dijo que era un cobarde de lo peor, que era un mentiroso al decirle que nunca la dejaría de amar y que nunca la abandonaría, que después de eso se ha dado cuenta la clase de persona que en realidad era. También dijo que haría lo imposible con tal de encontrar al voluntario que se sometió al transplante e hizo posible que ella vuelva a ver. Lloró. Sus últimas palabras fueron, ya no te amo, no quiero verte nunca más.

Matías tan solo la escuchaba.
__ Te equivocas Carla. Nunca te abandoné. Siempre estuve a tu lado. Siempre te acompañe en tus rehabilitaciones. Recuerda que te dije que siempre te amaría y que nunca te dejaría. El doctor recibió órdenes mías de que tú no supieras nada del voluntario. Pero tranquila, que la persona que se ofreció para devolverte la vista fui yo. __ dijo Matías mientras se paraba de la banca e iba armando su bastón tres cuerpos para ciegos. __ ¿Y sabes que? Tú dices que no quieres verme nunca más. Pues, deja que te diga que yo daría la vida con tal de poder verte tan solo una vez mas.

Eran como las nueve de la mañana de un caluroso sábado. Matías vestía unos shorts, zapatillas, un polo manga cero y unas gafas oscuras. Traía con el una morral de cuero que gano en un concurso de fotografía en Colombia, en ella cargaba su mayor tesoro, la única fotografía de su amada que nunca pudo ver.